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Más Allá del Soneto Amoroso: Quevedo y la Preocupación Metafísica

ByFrancisco J. Martín

“About the beginning of the seventeenth century – notaba Samuel Johnson hace poco más de dos centurias – appeared a race of writers that may be termed the metaphysical poets” (citado en Bloom 2). Por esta nueva ‘especie de poetas’ – como el mismo Johnson los denomina en otra ocasión (citado en Hammond 19) – se refería, de forma, dicho sea de paso, un tanto peyorativa, a toda una serie de poetas ingleses de finales del siglo xvi y comienzos del siglo xvii que escribían lo que después de páginas y páginas que la crítica ha dedicado al tema, se ha acordado en llamarlo simplemente ‘poesía metafísica.’ Han sido numerosos los intentos de definir esta variedad o modo de poesía. Aunque el esfuerzo ha resultado ser infructuoso en muchas ocasiones, y el término mismo sigue siendo “vague and misleading,” como reconoce Gerald Hammond (13), sin embargo hoy día tenemos una idea suficientemente coherente de lo que entendemos por poesía metafísica como tal. Helen Gardner identifica en este sentido dos características fundamentales para el poema metafísico: primera, la concentración, consecuencia directa de la concisión (de ahí la preferencia de estos autores por el epigrama clásico); y segunda, la afición empedernida por el uso de la agudeza ingeniosa, tal como ella lo entiende: “A conceit – dice – is a comparison whose ingenuity is more striking than its justness, or, at least, is more immediately striking”… “A comparison – añade – becomes a conceit when we are made to concede likeness while being strongly conscious of unlikeness”… “Here – concluye – a conceit is like a spark [, a flash,] made by striking two stones together”… “Metaphysical poetry abounds in such flashes” (xxi–xxiv). Louis Martz, por su parte, propone: “[‘Metaphysical’] poems tend to begin abruptly in the midst of an occasion,” y continúa: “The old Renaissance ‘conceit,’ the ingenious 386comparison is developed into a device by which the extremes of abstraction and concreteness, the extremes of unlikeness, may be woven together into a fabric of argument unified by the prevailing force of ‘wit’” (citado en Bloom 2).