chapter  17
Novela contra fa´bula: Campuzano, Estefanı´a y los perros de Mahu´des
ByFRANCISCO MA´RQUEZ VILLANUEVA
Pages 14

Harvard University La maestría de Cervantes sobre el arte narrativo es total y absoluta. Su dominio es tan completo en el terreno de lo que empezara por llamarse dispositio, después plan y ahora estructura como en el de lo incidental o episódico, en clímax descendente que llega a la página, el párrafo, la frase y el vocablo. El Quijote ha sido creado no para la lectura de un tirón, sino la de aventuras aisladas, y allí mismo se recoge cómo el discutir acerca de las preferidas ha llegado a ser un tema común de conversación de la gente: molinos de viento, batanes, rebaños, cuerpo muerto, galeotes, frailes benitos (II, 3). La perplejidad sólo será aún mayor en caso de entrar en juego la página o el morceau a lo largo de la obra de Cervantes: ¿la vocación caballeresca de Alonso Quijano? Desde luego, pero ¿por qué no otros parajes menos visitados? Ahí estarían el pergeño de personajes en el patio de Monipodio, el robinsoniano idilio o flechazo entre el español y la bárbara del Persiles, la descripción del valle de los Cipreses en La Galatea. Puesto en tan arduo como lisonjero trance, todo lector tendrá arbitraria debilidad por tal o cual fragmento de favorita elección, y en mi propio caso confesaría la que siempre he sentido por el parlamento de autopresentación y ofrecimiento matrimonial de doña Estefanía de Caicedo al alférez Campuzano en El casamiento engañoso. Sus palabras van a ser la piedra angular del relato:

Señor alférez Campuzano, simplicidad sería si yo quisiese venderme a vuesa merced por santa. Pecadora he sido y aún ahora lo soy, pero no de manera que los vecinos me murmuren, ni los apartados me noten. Ni de mis padres, ni de otro pariente heredé hacienda alguna, y con todo esto vale el menaje de mi casa, bien validos, dos mil y quinientos escudos; y éstos en cosas que, puestas en almoneda, lo que se tardare en ponellas se tardará en convertirse en dineros. Con esta hacienda busco marido a quien entregarme y a quien tener obediencia, a quien juntamente con la enmienda de mi vida le entregaré una increíble solicitud de regalarle y servirle, porque no tiene príncipe cocinero más goloso ni que mejor sepa dar el punto a los guisados que le sé dar yo

cuando mostrando ser casera me quiero poner a ello. Sé ser mayordomo en casa, moza en la cocina y señora en la sala. En efeto, sé mandar, y sé hacer que me obedezcan. No desperdicio nada y allego mucho; mi real no vale menos, sino mucho más, cuando se gasta por mi orden. La ropa blanca que tengo, que es mucha y muy buena, no se sacó de tiendas ni lenceros: estos pulgares y los de mis criadas la hilaron; y si pudiera tejerse en casa, se tejiera. Digo estas alabanzas mías porque no acarrean vituperio cuando es forzosa la necesidad de decirlas. Finalmente, quiero decir que yo busco marido que me ampare, me mande y me honre, y no galán que me sirva y me vitupere. Si vuesa merced gustare de aceptar la prenda que se le ofrece, aquí estoy moliente y corriente, sujeta a todo aquello que vuesa merced ordenare, sin andar en venta, que es lo mismo andar en lenguas de casamenteros, y no hay ninguno tan bueno para concertar el todo que las mismas partes.1