ABSTRACT

Aunque Isaac Donoso considera que entre 1946  y 1987 se da una “edad de plata de la literatura hispanofilipina” (Donoso 2020), en el campo poético, entre 1942 y 1965, apenas hubo relevo generacional para los escritores filipinos clásicos en español. El cierre de la mayoría de periódicos y revistas durante la ocupación japonesa, la destrucción de los barrios céntricos de Intramuros y Ermita durante la batalla de Manila, el desafecto hacia España por la alineación del régimen franquista con el eje en la II Guerra Mundial (Rodao 2009, 20–22) y la efectividad de la implantación del inglés en el archipiélago son algunas de las razones que se suelen aducir para esta falta de relevo (Donoso 2012, 337–339). Al no ser desplazados del centro del sistema por nuevos movimientos literarios o por jóvenes autores, ya que las nuevas generaciones estaban escribiendo en inglés y lenguas vernáculas, las viejas glorias de la época anterior seguían vigentes (Ortuño Casanova 2017b). De esta forma, escritores como Manuel Bernabé (1890–1960), que participaba en concursos poéticos desde al menos 1913, o Flavio Zaragoza Cano (1862–1964), que publicó su primer poema en El nuevo heraldo en 1876, continuaban escribiendo y siendo parte del elenco canónico de la poesía filipina en español –ya de por sí muy marginal– a fecha de su muerte. De hecho, algunos libros importantes de poetas pertenecientes al periodo anterior se publican después de la independencia, como Perfil de cresta de Manuel Bernabé (1957)  y A lo largo del camino de Adelina Gurrea (1954), este último publicado en España. Por su parte, Paz Zamora Mascuñana, que había publicado su primer libro de cuentos en 1924 –el primer volumen de cuentos publicado por una mujer filipina (Lifshey 2017, 5)– también compila sus poesías en estos años, aunque tuvieran menos repercusión que los poemarios de épocas anteriores (Zamora Mascuñana 1924; 1969).